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Mercados y mundo árabe

ARTÍCULO -




Desde el comienzo de la semana el dominio de las ventas en los mercados financieros ha ido aumentando progresivamente. El argumento básico es la ya materializada alza del petróleo por causa de la situación en Libia como colofón a lo que comenzó en otros países árabes.

Las cosas no han mejorado en cuanto al cese de la violencia. Siguen igual o peor, pero en su conjunto se atisba el progreso del clamor en demanda de la democratización y la caída de las dictaduras en esos países, lo cual debería favorecer la serenidad. Sin embargo el movimiento correctivo de los mercados persiste y apunta hacia la posibilidad de que evolucione de forma más preocupante.

Quizás la razón sea que en el conjunto de la opinión pública comienza a tomar cuerpo la preocupación por el futuro. ¿Y ahora qué? El miedo a que el islamismo radical tome el relevo en la formación de los nuevos Gobiernos abre la puerta a nuevos desequilibrios en el mapa geopolítico y en la balanza del equilibrio energético.

No se ve nada claro que la transición hacia la democracia, en las naciones donde los alzamientos populares han logrado su objetivo, como Túnez o Egipto, pueda resolverse con la paz y eficacia que sería deseable, sino que con la caída de Ben Alí y Mubarak ha quedado, por el momento, un peligroso vacío de poder, ejemplo de lo que podría pasar en Libia.

No parece que las revueltas hayan estado animadas por motivos religiosos, sino, por el contrario, en demanda de derechos sociales en materias que son habituales en el mundo occidental, como la salud y la educación, y de normalización política, siendo el vehículo aglutinador la comunicación entre los ciudadanos mediante el uso de las redes sociales y la telefonía móvil, marcando así una diferencia fundamental frente a anteriores revoluciones en el mundo árabe, como la que derrocó al Sha de Persia en 1979.

Esas motivaciones y características han sido determinantes para obtener el apoyo de los países occidentales a favor de los demandantes y en contra de sus antiguos socios gobernantes, y también parecen alejar a los radicales islamistas del escenario, ya que hasta la fecha no han participado con sus habituales exteriorizaciones anti occidentales.

Sin embargo persiste la duda. ¿Será posible tanta moderación por parte de los extremistas islámicos? ¿Surgirán nuevos líderes verdaderamente demócratas? ¿Nadie se corromperá por la riqueza energética en juego, tan necesaria a occidente, que esconde el suelo de esas naciones? Son preguntas de fácil respuesta y que generan miedo.

Por otra parte existe la muy fundada posibilidad de que las protestas y la violencia se extiendan a otras Naciones como Barheim, Argelia Yemen o Marruecos, en continuación de lo que pudiera ser el comienzo de una nueva conciencia colectiva política y social árabe, alimentada por la comunicación global, y que muy bien pudiera haber tenido su origen en los acontecimientos del campamento saharaui de El Aaiún.

Está claro que asistimos a cambios de gran importancia, precedidos por inquietantes incertidumbres. Ellos pueden ser la causa de que en un futuro próximo los avatares que estamos padeciendo para salir de la crisis económica, puedan parecer un juego frente a lo que nos espera si nos alcanzan sus posibles consecuencias, de modo que es posible que si hoy el miedo al presente genera ventas en los mercados, la incertidumbre del futuro detenga la bonanza que esperábamos.

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